› Crónica Los Suaves. 29 de diciembre de 2015. La Riviera. Madrid.

› Fotos Los Suaves. 18 de diciembre de 2015. Razzmatazz. Barcelona.

El sentimiento más doloroso que he experimentado en mi vida ha sido el de la despedida. Decir adiós, máxime si es a un referente de esperanza, me ha resultado siempre doloroso. Sé que no resultará fácil despedirse (¡para siempre!) de “Yosi” y compañía, aunque cuando la música termine quedarán los recuerdos, los buenos recuerdos. Y de eso quiero hablar.

Las puertas de la madrileña sala La Riviera volvieron a colgar el cartel de “sold out” para acoger al grupo más grande que ha parido Galicia. A las siete y media de la tarde ya se respiraba el manso olor a despedida – la espera se amenizó con canciones de Motörhead en un claro homenaje al ya legendario Lemmy -, aunque también se percibía el aroma que impregnan las cosas que dejan huella, aquellas que realmente importan. Y se dieron cita las canciones, y las emociones, y las penas, y las alegrías, y la ilusión, y la amistad,… y la memoria.


Una hora más tarde, a las ocho y media, sonaba la solemne intro – Les Preludes del compositor Franz Liszt – preludio del tema Preparados para el Rock n Roll. Sin otorgar un ápice al descanso acudirían a su obligada cita Cuando los sueños se van, Palabras para Julia, el visionario poema de Juan Goytisolo hecho música, y Maldita sea mi suerte.

“Gracias por estar ahí. Hemos venido a cumplir una promesa, cuando deberíamos estar curando nuestras heridas”, nos confesaba un emotivo “Yosi”, entregado siempre (y como siempre) al espectáculo.

Mis primeros discos de Los Suaves

“Esta vida me va a matar” y “Frankenstein”, (este último me gustaba más cuanto más lo escuchaba), fueron mis primeras adquisiciones discográficas del grupo orensano. Muy poca gente los conocía. El primero no puede faltar en cualquier fonoteca que se precie digna de calidad porque destila ilusión, valentía, poesía urbana y muchísimo rocanrol.

Después de inundarlo todo con una agradable lluvia de confeti interpretarían los temas No puedo dejar el rock, Viajando al fin de la noche, ¿Sabes?, ¡Phil Lynott, murió! y la sublime Siempre igual. Para entonces las lágrimas ya se habían apoderado de nuestros ojos.

Un disco redondo.

El tercero, “Ese día piensa en mí”. Con él Los Suaves (im) pusieron su banda sonora en mi vida. Les consagró. La placa da cobijo al himno por excelencia del grupo: Dolores se llamaba Lola.


Tampoco quisieron faltar a su cita Si pudiera, – “Phil Lynott murió, Lemmy falleció ayer y yo no me encuentro muy bien de salud”, bromeaba “Yosi” antes de presentarnos el tema Malas noticias – y Pardao, en el que el frontman se hizo acompañar por la calidez de una guitarra acústica. El interminable solo de guitarra a cargo de un incombustible Alberto Cereijo hizo que los presentes corearan su nombre. Rebosantes de sentimiento sonaron también Mi casa es el Rock n Roll, El afilador y Dolores se llamaba Lola – el hit por excelencia de los orensanos -, con el pusieron punto y seguido, hora y media más tarde, a una incólume actuación.

Dolores se llamaba Lola,

Y Lisa, y Julia, y María, y Sara,… Mujeres convertidas en un indómito deleite que fluía al aprenderme las letras de las canciones que las inmortalizaban.

Después de un minuto de merecido descanso el quinteto regresaba al escenario para interpretar San Francisco Express, tema que enlazaron con Dile siempre que no estoy – “Yosi” “regaló” al respetable la armónica -, y Ya nos vamos, que dio pie para realizar una nueva pausa.

Un sueño hecho realidad

El día 24 de noviembre de 2010 es una fecha escrita en rojo en el calendario de mi memoria más musical. Ese día un siempre atento Charli Domínguez se entregaba a la tertulia. Su testimonio quedó para siempre plasmado en un libro, “Mamá, quiero ser artista”. Entre otras muchas cosas el bajista me confesó que le gustaría ponerse “a la salida de cada concierto y darles un abrazo a todos los fans. Los fans nos han llevado siempre en volandas, en los buenos y en los malos momentos”.


Villancico Suave, aderezado con un par de “familiares” Santa Claus que volvieron a empaparnos de confeti (y lágrimas), Dulce castigo y la simbólica La noche se muere, que alargaron hasta la saciedad en una perfecta metáfora de la complicidad que tienen con el escenario (parecía como si no se quisieran marchar), dieron por finalizado un concierto emotivo a la par que sublime. Casi dos horas en las que “Yosi”, Tino, Alberto, Fernando y Charli nos hicieron sentir el rocanrol. Porque eso es lo que somos.

Un concierto inolvidable.

Todos a los que he asistido (y han sido muchos). Aunque este último será para siempre.

Parece que aún fue ayer… y ya se están despidiendo. Ata entón. Ata sempre.


P.D.: Perdón por la afonía de mis palabras. Después de sentir las canciones como mías, pienso (creo) que están totalmente justificadas.

“Aquí acaba la historia del fin de un recital.
Aunque todo vaya bien ¡qué triste es el final!
Una vez me dijeron, por favor escuchad,
que la mayor tristeza es ver a un amigo marchar“.

Tx: Amado Storni / Ft: K.

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