› Crónica Cracker. 1 de diciembre de 2015. El Sol. Madrid.

› Fotos Cracker. 2 de diciembre de 2015. Music Hall. Barcelona.

Martes. Apertura de puertas a las 22:00. Banda telonera a las 22:30. Cracker a las 11:15. Sold out, y nadie se extraña, aun con cinco conciertos ofrecidos, y otros cinco por por delante en el resto de España. Madrid se volcó con Cracker porque son sinónimo de calidad y espléndido directo, como demostraron, otra vez, con pose humilde y profesional.

Lowery no se molestó en disimular el comprensible cansancio acumulado. Su cara larga lo decía todo. Pero si a alguien le hizo temer cierto pasotismo, cuando saludó al público, el amago se disipó en cuanto cantó las primeras estrofas de Get on down the road. Que luzca una prominente barriga difícil de ocultar por su guitarras, y que se encuentre agotado tras varios días consecutivos de concierto, viaje, concierto, etc, no hizo deslucir ni su garganta ni su entrega, pues aguantó, junto a su inseparable Johnny Hickman y el resto de la banda, cerca de dos agotadoras horas sobre el escenario. Y las aguantó con la cabeza alta, la garganta fresca, y las manos recias. De hecho, más tarde, confesó haberse aguantado las lágrimas durante The golden age.


Hickman, por su parte, quedó retratado como el alma escénica del grupo, además de guitarrista con un buen gusto, precisión y clase fuera de lo normal. También cantó, con mucho brío, los temas más country , como California country boy y The San Bernardino boy. Habría que destacar, y varios metros por encima del resto, la soberbia interpretación de Another song about the rain, pues su duelo con Matt Pistol, un mago de la pedal steel, elevaron una composición sobresaliente al Olimpo, y con ella, al público, que estalló de éxtasis.

Mucho tuvieron que ver los músicos presentes y un sonido, pocas veces escuchado en las salas de Madrid, gloriosamente cristalino, para que el grupo se llevase el sobresaliente firmado a casa. Coco Owens a la batería nos hizo creer que se había tragado un metrónomo de niño: precisión y elegancia en cada golpe, un batería que se pasa el concierto completo en un trance que le impide fallar. El citado Pistol, que propició el olvido del teclista ausente, todo melodía, y Bryan Howard, un bajista que tocó y cantó como si los temas fuesen propios. Profesionalidad. Del espléndido sonido cabe concluir que, muchas veces, sencillamente, nos cuelan la incompetencia como limitación logística. Y no.


A piñón fijo, los temas desfilaron en fila india asombrado y dejándose gozar. Los presentes comentaban: “joder, cómo suena!”, “qué buenos son”, “Johnny, tio grande!”, y demás clichés que, por esta vez, se pronunciaron con fundamento. Los más coreados, que no los más aplaudidos: Low, Get off this y el épico Euro-trash girl, que habría sido un perfecto broche final.

A lo Springsteen, un sector del público, pancarta en mano, pidió Happy birthday, celebradísima y temprana despedida, pues tras casi dos horas que hoy día nos parecen un generoso lujo, sentíamos, mayormente, fugacidad. El énfasis que el público puso en el estribillo consiguió sacarle una sonrisa a Lowery, un gesto que, probablemente, pendientes del desafiante huracán Hickman, nadie notase.


Fue esa sonrisa de medio lado lo que marcó el verdadero final del concierto, una mueca que, en resumen, venía a decir: lo hemos hecho de puta madre.

Tx:Edgar Carrasquilla @Edgar_Corleone. Extraida de The Best Music. / Fotos: K.

Más fotos aquí
More photos here

Organiza: Heart Of Gold y Fever! Productions