› Crónica Yes. 5 de noviembre de 2011. Sant Jordi Club. Barcelona.

No sorprendo a nadie al afirmar que somos unos enamorados del progresivo, sin importar demasiado el continente que lo englobe. Lo flipamos con Opeth, alabamos a Dream Theater y bandas como Pain of Salvation y Symphony X son poco menos que profetas de los inmortales Pink Floyd. Tanta pasión despierta el lado curioso y hambriento de conocimiento implícito en nuestra condición humana. Ese afán de saber nos induce a rascar y rascar, cada vez más profundamente, hasta encontrar auténticas perlas dignas del más grande de los museos. Este trabajo arqueológico también nos lleva a viajar en el tiempo hasta los inicios que definieron las características y constituyen los cimientos del estilo y, en consecuencia, a grupos como King Crimson, Jethro Tull, Uriah Heep, Deep Purple, Kaipa y, por supuesto, Yes. Pues bien, estos últimos, el grupo optimista por excelencia, visitaron Barcelona hace poco más de una semana. Me gustaría remarcar el tono informativo de la frase anterior, ya que mucha gente pareció no haberse enterado de su visita. O como mínimo eso quiero creer.

Lo siento. Pido disculpas a todo el mundo por empezar la crónica del concierto de uno de los padres del progresivo de mala ostia, pero eso mismo fue lo primero que sentí al poner el primer pie en el Sant Jordi Club. Me molesta considerablemente y, lo que es peor, no consigo comprender cómo una banda con el recorrido y la trayectoria de los británicos no es capaz de llegar al aforo medio de una sala pensada para más de tres mil personas. Y, a pesar que de no poder presumir de ser el más joven de los allí congregados por culpa de algún que otro pimpollo, todos hijos de la época. Pero en fin, sobre gustos, colores. Viendo el vaso medio lleno, por lo menos viajamos anchos. Porque eso es lo que fue, un viaje por todo lo largo y ancho del Rock experimental, sinfónico y psicodélico.


Con una intro que recordaba al cine de aventuras de finales de los setenta que nos preparaba para lo que se nos venía encima, una gran pantalla en el centro del escenario hacía las veces de luna delantera traduciéndonos en imagen los complejos acordes, arpegios y notas salidos de los muchos instrumentos allí reunidos. Hasta cuatro guitarras eléctricas, una acústica, un slide, una mandolina (todo elllo perteneciente a Steve Howe), tres bajos de Chris Squire, un completo juego de batería con Alan White tras de él, percusiones varias empleadas por su nuevo vocalista Benoit David y, lo más flipante de todo, nueve, sí, nueve teclados distintos (gracias a las manos de Geoffrey Downes) para conseguir ese inconfundible sonido Yes. Todos ellos cuidados más mimados que un hijo para extraer lo máximo de ellos, su mejor sonido. Perdón, me olvidaba del más importante de todos ellos: la voz. Las composiciones a tres y cuatro voces de los ingleses no son cosa fácil de interpretar. Perfectamente cuadadros Howe y Squire, con David a la cabeza, demostraron una profesionalidad admirable. Porque una cosa es la capacidad vocal de cada uno que, a pesar de que con la práctica puede mejorarse, es innata y personal. La tienes o no la tienes, y nadie puede echarte nada en cara al respecto. Otra cosa bien distinta son los tempos y entradas, y eso sólo se consigue con el trabajo constante. Llevar desde 1969 y no haber perdido esa (buena) costumbre demuestra verdadero amor por la música y, al fin y al cabo, por tu trabajo (sé de más de uno que tendría que aprender esta lección).

Sin dejar todavía el tema de los cantantes (con lo que les gusta que se hable de ellos) me gustaría hacer especial mención al responsable actual de esta tarea en Yes, Benoit David. Me aventuro a postular que uno de los motivos de la poca asistencia de público fue, precisamente, la falta de su emblemático vocalista Jon Anderson. El cantante siempre (o casi siempre) es la cara visible del grupo, el símbolo que los representa incluso más que el logo. En estos momentos, David no es sólo el miembro más tierno (incluso Downes ya formó parte de la formación a principios de los ochenta), es el sustituto, el recambio de LA VOZ de Yes. Siempre bajo mi punto de vista, la opinión de una persona que nunca ha disfrutado de Anderson en directo, tengo que decir que David lo clavó y no sólo en lo que a la voz se refiere. Su actitud sobre el escenario fue, en todo momento, adecuada: sabiéndose apartar en los pasajes instrumental (que no son precisamente pocos ni cortos) dejando todo el protagonismo a sus músicos, interpretando las canciones apasionadamente, con elegancia, como un elfo paseando por el bosque y haciendo las veces de líder cuando la situación lo requería. Chapó por él.


Volviendo a nuestra ruta inicial, no podía empezar de mejor manera: Yours In No Disgrace, del mítico The Yes Album (1971), seguida de Tempus Fugit y su pegadizo estribillo con el que arrancaron los primeros gritos del público: "¡Yes, Yes!". Más de 20 minutos ya se nos habían ido tras estas dos primeras estaciones que, sumando la folkie / Funky I've Seen All Good People, la nueva Live on a Film Set y And You and I' del Close to the Edge (1972), ya nos pasábamos de la hora de concierto. Tiempo para el solazo de guitarra acústica a cargo de Steve Howe, que entre lo bien sentadico que estaba en su taburete y las pintas que me llevaba, bien podrían haberlo confundido con Paco de Lucía. La verdad es que para ser completamente sinceros, esta parte sirvió como un pequeño respiro para el público después de tanta información. Para disfrutar al completo de la canciones de los británicos tienes que estar del todo antento, y eso es una cosa que no puedes reclamar durante mucho tiempo seguido si no quieres acabar con las cabezas de tu audiencia. Pero del mismo modo rompió radicalmente con la tónica del concierto. De cien a zero en pocos segundos.

Y de nuevo de cero a cien con Fly From Here y sus 25 minutos de auténtica locura musical pasando del Funk a la Psicodelia, del Rock agresivo a los pasajes más melosos con el auténtico sello Yes apreciable en todo momento. Aquí fue donde aparecieron los primeros y únicos problemas de sonido. David, con la intensidad que le caracteriza, quiso mostrar al mundo sus dotes como percusionista de música tribal con un par de djembés. El problema fue que no se escucharon. La cuestión es que fueron 25 minutos de intensidad pura que, sumados a los casi 15 de la versión de Wonderous Machine de su álbum Drama (1980), con momentos pesados y oscuros en constante contraste con la luminosidad y alegría propias de los teclados y guitarras de la banda, dieron forma a los momentos más mágicos del viaje, aunque también los más difíciles de seguir. Las caras de cansancio se empezaron a ver entre el público tras más de hora y media de progresión musical. Con Owner of a Lonely Heart y Starship Trooper del The Yes Album dieron el concierto por terminado para algunos de los asistentes que empezaron a abandonar las primeras filas. Todo eso antes de volver a escena con Roundabout para hacerlo volver casi suplicando por abandonar su puesto antes de tiempo.

Conciertazo de unas dos horas y cuarto de un grupo que no necesita de grandes espectáculos audiovisuales pero que no olvida los tiempos en los que nos encontramos, sabiendo encontrar el equilibrio entre la imagen y la música donde es esta segunda la verdadera protagonista. Un grupo que no necesita de locos y estrambóticos miembros para captar la atención de su audiencia: su "simple" técnica y entrega son más que suficientes. No sé si tendremos muchas más oportunidades de gozar con el espectáculo de los ingleses en directo en el futuro, pero os recomiendo que, si tenéis la oportunidad, no os los perdáis por nada del mundo. No os arrepentiréis.

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Tx: Víctor Gómez / Fotos: K
Crónica extraída del artículo publicado por www.ovellanegrarock.com


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